miércoles, mayo 10, 2006
El día que olvidé...

7:30 am. Hace frío y es tarde para una ducha. 2 días sin H2O pasan piola con algo de perfume. Además, el desodorante del torito (sí, el mismo de la revista de la amiga de mi' amá) cuesta que falle un día de invierno, y menos cuando no tengo educación física.
Estoy muy atrasado y tengo que tratar de no despertar a mi madre antes de tiempo. Comienza la prueba del uniforme. En menos de 5 minutos no tengo que olvidar ningún detalle. Los calcetines, el pantalón, la camisa, el cinturón, la corbata, la insignia y el chaleco. Parece que lo voy a lograr. Raudo desayuno: algo de tiempo roba el pan con margarina y el vaso de leche fría. Finalmente lanzo lejos los cuadernos del día anterior y los cambio por los nuevos dentro de mi mochila.
Todo listo. Antes de abrir la puerta y no detener los veloces pasos de 3 paraderos (que siempre parecían eternos), una imagen fugaz se cruza por mi mente; soy yo en un fallido intento de saltar la reja.
¡¡Las llaves!! Ja, esta vez nada se me escapará. Luego de todos los retos maternales que tengo en mi historial, llegó la hora de cambiar. No más "mermas" estudiantiles que iban a parar al tarro de artículos perdidos, donde era casi llegar y llevar. Bastaba sólo con identificar un artículo dando ciertas referencias y un poco de caridad del inspector o portero de turno. Al final la descripción poco y nada concordaba con el objeto, pero el esfuerzo valía la pena. En la básica llegaron a parar a ese lugar mi cotona y una gran cantidad de lápices (con nombre incluido), mientras que en la media la parca y el libro de matemáticas. En las búsquedas, ordenadas estrictamente por mi madre y con castigo si no las hallaba, sólo logré recuperar un estuche, vacío por cierto (o desvalijado, mejor dicho), y un forro de cuaderno. Pero airosamente salía con propiedad nueva. Un corrector, gomas, reglas y una corbata que vendí ya en los últimos años, fueron algunos de los artículos de la lista de mis nuevas adquisiciones.
Contar sólo eso sería olvidar a propósito el lado b del asunto (y que concierne a este texto). El meollo del asunto eran los olvidos que más repercutía en mi rendimiento escolar; el material que debía viajar casa-colegio. Trabajos, libros, maquetas y hasta colaciones que yo mismo preparaba quedaban sin su sentido de existencia, sin su prometido destino. Planes que fallecían casi antes de nacer y que por esas casualidades de la vida, siempre recordaba un par de metros antes de entrar al colegio. Olvidé todo cuanto puedas imaginar. Todo menos los zapatos. Eso sí que era dejar la cabeza en la casa, porque lustrados debían llegar. Sino, el refriegue en el pantalón te recordaba que ahí debían estar.
Pero esa fría mañana de invierno, cuando al tomar las llaves parecía estar seguro de que todo iba bien, que nada olvidaba, algo me hizo dudar. Y no cerré la puerta de inmediato, comencé a decir en voz alta todo lo que tenía que llevar. Ya seguro, di un buen portazo en vistas de mi tranquilidad.
El suelo se enfrió repentinamente cuando cruzaba por la casa del vecino. Si tan sólo hubiese olvidado también mis pies, no habría llegado tan atrasado.
entre los zapatitos y los cuadernos igual me has hecho volver al pasado de vez en vez....
acordarme, por ejemplo, de cuando olvide la mochila y me vine a dar cuenta en la puerta del colegio... brillante no?.
de ahi me devolvi a casa... pero la cara de extraterrestre del portero fue de pelicula....
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